miércoles, 17 de junio de 2009

NUESTRO CUERPO NO ES DE NADIE, NOS PERTENECE


Hay mucho de qué hablar respecto a nuestra sexualidad pero, probablemente, la reivindicación más urgente y a la vez la lucha más dura radique en algo que parece obvio, pero que está muy lejos de ser real.

Si, esa vieja reivindicación de que nuestro cuerpo es nuestro.

No es de nuestros padres, No es de nuestra pareja, ni de la persona con quien estamos saliendo. No es de nuestros profesores. No es de la televisión, ni del centro comercial, ni de la moda. No es de la iglesia. No es del capitalismo, que lo ve como el medio de reproducir su mano de obra. No es de nuestros hijos, ni de nuestros vecinos. No es del miedo a que nos critiquen, ni del miedo a romper moldes.

Es nuestro, y tener claro de quién es y de quién no es, es el primer paso para revolucionar también nuestra sexualidad, nuestro cuerpo y nuestra existencia.

Y como es nuestro lo compartimos sólo con quien queramos, no lo alquilamos, ni lo vendemos, ni lo cedemos a cambio de un contrato de matrimonio ni de noviazgo. No renunciamos a él, ni a su disfrute, no lo entregamos para satisfacer deseos que no sean a la vez nuestros.

Es sólo desde nuestro derecho a disponer de él y, consecuentemente de nuestras vidas, que podremos compartirlo verdaderamente en los afectos y en las luchas.

Pero esta reivindicación está aun lejos de nuestra realidad. En el día a día palpamos la violación de este derecho.

Mercantilizan nuestro cuerpo, tanto en la televisión, como en música y la propaganda, vendiéndonos como un objeto sexual y de consumo. Nos disciplinan hacia una sexualidad en pareja subordinada a los deseos del hombre, que desatiende nuestras propias necesidades y que puede ser impuesta incluso por la fuerza. Nos niegan el derecho a decidir si queremos o no ser madres, cuando nosotras sabemos que ser mujer va mucho más allá de asumir o no una maternidad, y que ésta debe ser siempre una decisión propia y libre.

Por suerte, en Venezuela estamos viviendo un proceso de cambio en donde constantemente estamos rompiendo paradigmas de un sistema opresor y construyendo una sociedad más justa e igualitaria.

Sin embargo, muchas veces parece que la revolución entra en nuestras comunidades, pero se detiene en la puerta de nuestras casas. Sólo hay una forma de derribar esa frontera y hacer que la revolución entre en nuestras cocinas y en nuestras camas, y es organizándonos en colectivos de mujeres para exigir nuestros derechos.

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